Cada vez que dedicaba tiempo a buscar entre los viejos papeles, para ver si alguna señal de esas que siempre están escondidas por alguna parte, se maniefestaba como caída del cielo.
Pero el panorama se presenta distinto cada vez. La soledad que lo consume en este instante, es más fuerte que esa necesidad biológica de ir a la cocina y comer algo, o de ver un rato televisión. Quedando entre la masa inerte de algún taller de juguetes de madera, en el cual se trabaja día y noche recreando realidades en las mentes de los pequeños.
Pausadamente entre las herramientas busca un pequeño pincel para delinear los ojos a los monos de los palitroques, que en años anteriores le entretenía cada vez que jugaba con esa pila de monos de madera. Imaginando que eran personas de verdad que serían arrolladas por una bola aún más pesada que todos ellos juntos.
Miraba y recordaba los juegos infantiles.
Recordando el día exacto en que se conocieron y una marca en su memoria se aloja por solo 24 horas. Desapareciendo en el transcurso de la mañana del día tres.
Obligando a la memoria a recordar cada detalle en particular. Su color de ojos, el aroma a frutas que desprendía, esas manos que personalmente encontraba demasiado delicadas, casi perfectas.
Algo se acercaba.
Era de noche y estaba solo en el taller. Buscando entre sus recuerdos, cuantas veces había logrado pintar ojos a monos de palitroques en menos de media hora. Recordando a su padre que insistía que buscara y probara suerte en otra parte. Que a cada segundo le pedía a gritos que buscara su propio destino y que no se quedara pegado en uno que no le pertenecía.
Fue cuando nuevamente ese deseo de correr entre la gente le inquietaba. Esas ganas de toparse en la calle y de mirarse por solo un isntante. De volver a ver su rostro y a lo lejos escuchar su voz cantarina con ese acento extraño y llamativo, con poder imaginar nuevamente ese olor que lo ha dejado prendado por mucho tiempo.
Dejando delado toda sensacipon negativa que justo ese día en que se vieron las caras, habían quedado en el otro extremo de la ciudad.
Aceleradamente corrió por un pasillo esquivando la madera apilada, y los tarros de pintura que obstruían el paso. Tirando lejos el palitroque que llevaba en la mano. Decide arrancarse por un instante.
Corriendo a la calle que ya estaba oscura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario