No supuso que dentro de las miles de facultades de la universidad se encotrnaría otra vez con esa sensación casi culpable que no deja comer en momentos de crisis.
Dejadamente se dirige a una ventanilla a solicitar el formulario de inscripción para poder formalizar de una vez por todas ese trámite que lo persigue desde hace dos años.
En eso se concentra en el llenado del formulario y una sensación rara, de esas que de antaño no experimentaba, lo deja como un monigote que no sabe como actuar; quedando otra vez a la suerte que malamente despoja la parte racional que tanto tiempo le había caracterizado entro de sus partes.
Pero allí estaba, entre la gente, mirando, sintiendo. Parado como un torpe que a pesar de la pinta que en ese momento llevaba poco favorecía a su inquieto ser.
Entre la espera de poder entregar el formulario malvado que solo lo hacía perder tiempo; una idea surge dentro de su cabeza. Una idea de esas que cambian todo el esquema de un día ya programado.
Se sentaría en una de los tantos peldaños de la Universidad, para escribir un cuento.
¿Sobre qué?, una pregunta que apareció en el momento menos indicado.
Caminando nuevamente hacia la ventanilla se da cuenta de que ya es hora de almuerzo y que había perdido dos horas haciendo una fila interminable para tener que esperar dos horas más. No quiso dar tregua y volver después, así que tiró el formulario por debajo de la puerta y decide caminar hacia el comedor.
Entrando, nota que el olor a comida no es fuerte, tal vez la puerta de la cocina si estaba cerrada esta vez o bien su olfato estaba fallando. Al darse cuenta de ello quiso comprobarlo si era en efecto esa la causa de que no hubiese o no sintiese olor a comida y se entusiasma con abandonar por un rato el comedor.
Corriendo entre los pasillos con baldosas antiguas, al tac tac de sus zapatos de zuela verdadera. Siente que una voz lo llama. No logra reconocerla entre el barullo de la gente que lo miraba y del tac tac de sus zapatos. Pero en ese acto casi virctorioso decide subir corriendo la escala.
Al pararse y mirar hacia abajo, desde esa baranda en la cual se apoyó. Un chispazo viene a su cabeza, dejando de lado esa necesidad de coprobar dónde estaba su olfato. Tomó pluma y papel. Trazando unas líneas comienza a crear.
Mas bien a obvservar y plasmar lo que veía.
Una pareja al parecer descutía, cada detalle, cada facción, las miradas y las palabras al viento direron forma a su cuento.
Un hombre que viste a la moda, que se nota preocupación, por si mismo era el protagonista, un hombre que llenaba un formulario y que era presa fácil de la desesperación, un hombre que se mira al espejo para comprobar si tiene ojeras o no.
Dándose cuenta de que no estaba escribiendo algo inventado, decide terminar la historia abruptamente con un final inconcluso; convenciendose a si mismo que su cuento no tendría tracendencia y pasaria a formar parte de OTRO MÄS...
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